Me doy cuenta de que el verano se acaba y se acerca el inicio del nuevo curso no por las lluvias anticipadas o por las bajas temperaturas excepcionales en agosto sino por la llegada de los fascículos: ayer ya ví el primer anuncio en televisión de un magnífico coleccionable de barcos. Y además, otro spot de pastillas para la tos del resfriado; pronto nos pondremos la bufanda.
Somos seres urbanos porque los ritmos de nuestros días son regulados por la comunicación. Curiosamente, los hitos que ésta señala también se ajustan al tiempo circular neolítico; entonces, qué más da que la rueda del tiempo la mueva el calendario religioso, la estacionalidad agrícola o la publicidad. Las rebajas apresuradas de equipos de aire acondicionado muertos de risa en las tiendas de electrodomésticos son un termómetro infalible.
El lanzamiento de fascículos coleccionables de cara a la rentrée responde a una suposición de raíz psicológica: la relajación y la diversión de las vacaciones nos devuelve el optimismo (que no nos debería abandonar nunca); nos sentimos más animosos y nuestra mente se abre al deseo de novedades; como en todo inicio de año, hacemos buenos propósitos relacionados con la mejora de nuestra vida; sentimos que sería bonito volver a la actividad llevados por esos impulsos. Los fascículos pretenden aprovechar ese estado de ánimo y buscar la adhesión al inicio de la colección, pues ordenar y clasificar cosas es un buen medio para relajar la mente y limpiarla de preocupaciones supérfluas.
Lo que me parece realmente curioso es que los fascículos actuales, con sus propuestas y contenidos, puedan resultar mínimamente atractivos. He visto colecciones de Scalextric, casas de muñecas, relojes, abanicos pintados, orinales de porcelana de época, maestros de la pintura, cursos de ajedrez, minerales, monedas del mundo, perfumes, construir el Tiranosaurio Rex, punto de cruz, dedales del mundo, robots, y... Bueno, nunca he sido coleccionista, excepto de cromos cuando era niño, pero en los últimos años he hecho los coleccionables del curso de ajedrez de Kasparov y de la enciclopedia catalana de la meteorología, ¡y los he completado!
Me pregunto si lo pedestres (e incluso frikis) que son muchos de estos coleccionables es aliciente u obstáculo para su adquisición. Me sigue maravillando que año tras año, el inicio de curso mediático lo señale la llegada de los fascículos; debe ser que funciona. Quizás ello se deba a que apelan al niño que llevamos dentro y que desea revivir aquel tiempo de la llegada del nuevo curso y con él, libros y cuadernos nuevos, y reencuentro con los amigos del cole. Si no es eso, no sé qué será.
De entre las propuestas de fascículos para este año, atención a las de Planeta De Agostini: libros de Henning Mankell y Donna Leon, clásicos de la literatura fantástica, ciudades del mundo, BBC Wild Series, animales de la granja, Mickey Geo, el arte del dibujo y... Verano azul.
Y los de Altaya, con más cacharrería: casa de muñecas andaluza, leyendas de Le Mans, Scalextric Seat Sport y navío Santísima Trinidad.
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